ARTURO
ANDRÉS ROIG Y EL PROBLEMA EPISTEMOLÓGICO.
Norbert-Bertrand
Barbe

ARTURO ANDRES ROIG Y EL
PROBLEMA EPISTEMOLOGICO
"¡0rganiza tan fácilmente
un mundo fantástico! ¿Y quien sabe si ese mundo
no es un espejismo de la verdad? Es quizás, de los dos
mundos, el más real".
(Dostoievski, "Las noches blancas"
(1))
I.- ¿Qué es Filosofía?
Recorriendo rápidamente la
historia de la filosofía nos damos cuenta de que uno de los
principales problemas tanto en Mo-Tseu como en Platón, Berkeley,
Hume, Hegel, Husserl o Heidegger siempre fue el de la percepción
del mundo, cuando no del mundo sensible, o sea la relación
dialéctica entre el sujeto y el objeto, o por que no decirlo
así entre el Ser y el Pensar.
Para parafrasear a Hegel en Creer
y Saber, el punto parece centrarse en la posibilidad de la existencia
del mundo sensible fuera de nuestro pensamiento, ora que el mundo
sensible no sea más que ilusión de nuestros sentidos,
ora que nada sea cognoscible para nosotros fuera de nuestros sentidos.
Pero ¿puede esa preocupación
al final esencialmente epistemológica ser relacionada con
uno de los más importantes problemas de la filosofía,
en particular el de la relación entre el Ser y el Pensar?
Es decir ¿la esencia de la filosofía podría
definirse como epistemológica? Y en tal caso ¿cabría
plantearnos la problemática de la relación entre el
Ser y el Pensar?
En primer lugar podríamos
afirmar, basándonos en los mismos filósofos, que la
relación entre el Ser y el Pensar, sí es el principal
problema de la filosofía. Esta afirmación que de hecho
implica el cuestionamiento a nuestra concepción de filosofía
requiere que nosotros empecemos después de muchos por definir
lo que para y según nosotros es filosofía.
Sea como lo plantea Camus el suicidio
el único problema serio de la filosofía sea otra cosa,
la cuestión, antes de preocuparse por las metas, la metodología
o los campos de aplicación de la filosofía, sería
en un primer momento: ¿Qué es Filosofía?, o
sea: ¿Es posible dar una definición de la Filosofía?
Según los filósofos (Savater, Manzana, González,
por quedarnos en el mundo hispánico y además recientes),
parece que no.
¿Sería como lo postula
Nietzsche que lo que tiene historia no tiene definición?
¿Pero acaso la historia se
escribe aparte de su objeto? Evidentemente que no. Sin causa, no
hay cosa.
La filosofía es la ciencia
de los conceptos. Parece sin embargo que los filósofos según
la ocasión se asombran, se maravillan o se asustan de que
la filosofía, ciencia por excelencia según ellos del
espíritu, trate justamente de "conceptos", o mejor
dicho de los conceptos en sí (2).
¿Qué tan extraordinario? ¿Acaso la lingüística
no estudia el lenguaje ni la historia los acontecimientos históricos?
O bien la biología, la vida, la química, las reacciones
químicas, la física, los fenómenos físicos,
etc., etc., etc. Además la filosofía no es la única
ciencia que se interesa por la conciencia humana y sus mecanismos.
Así por ejemplo la psicología estudia los fenómenos
simbólicos de la conciencia individual, y con la epistemología
genética su conformación biológica durante
el proceso de crecimiento y educación.
Veamos ahora el problema de la historia.
Los filósofos europeos (Hegel, Jaspers) consideran a Grecia
como la cuna del pensamiento filosófico universal, los ensayos
anteriores siendo según ellos simples premisas de índole
mítica. Por su parte los filósofos africanos y latinoamericanos
valoran positivamente el pensamiento mítico, no sólo
como premisa sino también como fundamento del pensamiento
filosófico. Sin embargo al aceptar que la filosofía
tiene sus raíces en Grecia, sustentan implícitamente
la dicotomía entre mito y filosofía, y, destacando
formas de pensamiento filosófico primigenias no europeas,
le agregan, como Alfonso Caso en El pueblo del Sol o, más
recientemente, Augusto Serrano en Textos clásicos del
pensamiento filosófico y científico (3),
otra dicotomía, esta vez entre filosofía y ciencia.
De hecho nos sería probablemente difícil encontrar
una sola manifestación del pensamiento humano que no tenga
un origen mítico - mágico. La medicina y todas sus
ramificaciones tales como la biología provienen también
del chamanismo. Aunque Caso o Serrano aceptan con Hegel y Jaspers
la idea que la filosofía es de origen griego, su postulado
nos coloca frente a una evidencia muy útil, la de que la
filosofía encuentra sus más remotas raíces
en la religión, ya sea como "a priori antropológico"
(Roig) (ver la importancia del concepto de pueblo elegido en la
tradición judeocristiana), ya sea como "a priori
histórico" (Roig) buscando a ponerse valioso para
sí mismo.
Hemos dicho que la filosofía
estudia los conceptos, más claramente de nuevo: el Pensar.
Refiriéndonos a Mo-Tseu, Parménides o Descartes encontramos
de que el fenómeno del Pensar está siempre relacionado
con el Ser. Pues pensando el Pensar, el Ser se encuentra a sí
mismo. Pero también al pensar el mundo, el Ser lo piensa
desde sí.
De tal manera que los europeos hicieron
de su propio pensar, siguiendo a Descartes en el Discurso del
Método de sus costumbres, maneras de ser, modos de vivir
y de pensar, el modelo del Pensar: lo consideraron así; lo
impusieron así. No es casual entonces que la filosofía
rehusa definirse a sí misma. El concepto vago, la frase diluida,
la metáfora florida favorecen y fortalecen la tradicional
conciencia arquetipal que la filosofía europea ha tenido
de sí misma y consecuentemente su pretensión de ser
universalmente adoptada.
A esta filosofía le basta
mencionar de paso las influencias del Asia Menor en Pitágoras,
o la de los filósofos chinos e hindúes anteriores
al famoso siglo V ateniense. Como en Pitágoras el papel político
coercitivo de la filosofía contemporánea (y moderna
en general) se evidencia cuando nos percatamos de sus intentos,
desgraciadamente a menudo logrados, para ser cabalística,
hermética, indescifrable, indefinible. De ahí que
sea válido saber el origen remoto y sin embargo todavía
religioso de la filosofía. Ciencia de iniciados, ella consciente
o inconscientemente pretende también ser instrumento - y
tal vez el instrumento - del Poder.
"Ce qui se concoit bien s'énonce
clairement" expresa Boileau en su Arte Poética.
¿Qué interés puede tener para nosotros una
ciencia que miente? Subjetiva la filosofía lo es porque se
pensó siempre desde sí. La indefinición concertada
de la filosofía fue por mucho tiempo el velo con el que el
formalismo podía encubrirse, predicando que todo era por
lo mejor en el mejor de los mundos posibles. Pero quisiéramos
ser suficientemente voltairianos para decir con Martí: "Un
hombre que se conforma con obedecer a leyes injustas, y permite
que pisen el país en que nació los hombres que se
lo maltratan, no es un hombre honrado" (4).
Vemos pues que el plano epistemológico
está estrechamente ligado al plano político. Son casualmente
las filosofías no occidentales que cuestionaron en sus fundamentos
a la filosofía europea. Como respuestas, y más bien
contestaciones, las filosofías africanas y latinoamericanas
son ante todo "objétales".
Como toda filosofía, y cualquier
forma de pensamiento en general, la filosofía latinoamericana
padece de una fuerte propensión al discurso mesiánico.
Pero sería preciso definir las peculiaridades del discurso
mesiánico latinoamericano: el utopismo, para valorar correctamente
la filosofía latinoamericana. Por su historia misma, el pensamiento
utópico de Hegel a Lévi-Strauss, al menos, concibe
a América como imitación o espejo de Europa, con lo
cual nos introducimos al carácter "objetal" de
la filosofía latinoamericana. Nuestro propósito aquí
no es llevar a cabo una crítica del pensamiento y la filosofía
latinoamericana. Más interesante para nosotros es dilucidar,
dentro del marco general de una crítica epistemológica
a la filosofía tradicional, como de manera paralela y a menudo
desconociéndose una a la otra la filosofía africana
y la filosofía latinoamericana desarrollaron una crítica
semejante para no decir idéntica a la filosofía europea.
Tanto en Africa (5)
como en América Latina los fundamentos de esta crítica
podríamos extractarlos de la siguiente manera:
1) La búsqueda de una filosofía propia anterior
en el caso de América Latina o distinta en el caso de Africa
(veáse las críticas a La Philosophie bantoue
de Tempels) a la filosofía europea. Esa preocupación,
muy válida en sí, remata con el problema de la definición
histórica de la filosofía. Se puede encontrar distintos
niveles de conciencia filosófica, siempre y cuando se entienda
por "filosofía": "
une "Sagesse"
un ensemble d'idées, un système logique, une philosophie
complète de l'univers, de l'homme et des choses qui l'environnent,
de l'existence, de la vie, de la mort et de la survie"
(6). Pero nos parece más provechoso
entender esta búsqueda como el primer movimiento hacia
la negación y/o refutación del concepto europeo
de filosofía para remplazarlo por una concepción
propia histórica e ideológicamente.
2) La crítica consecuente al arquetipo europeo (que a
menudo empieza con la crítica al hegelianismo (7)).
3) El rechazo de los modelos impuestos, tanto en el ámbito
psicológico como lingüístico y económico
(teoría de la dependencia (8)).
Tal rechazo se acompaña tanto en el caso de Africa como
en el de América Latina por la estigmatización de
los problemas culturales debidos a la multiplicidad és
ica que arbitrariamente el colonialismo quiso borrar imponiendo
una sola lengua.
4) Vemos pues que cuestionando al sujeto habitual del discurso
(el europeo (9)) y poniéndose
como sujeto del discurso los filósofos e intelectuales
africanos y latinoamericanos ponen en tela de juicio no solamente,
lo que sería ya mucho, ideológicamente sino también
epistemológicamente, lo que es más, la filosofía
y el pensamiento europeo. Hasta podemos decir que la crítica
ideológica al pensamiento europeo toma su valor y se fundamenta
en la refutación epistemológica del sistema de pensamiento
europeo. La necesidad así lo requería, ya que no
solamente se trataba de arrebatar las tesis racistas, sino también
de evidenciar en los clásicos (Kant, Hegel, Lévi-Bruhl,
etc.) la influencia del prejuicio racial en los análisis
científicos.
Hegeliano y crítico de Hegel,
el filósofo argentino Arturo Andrés Roig desarrolla
al nivel epistemológico una crítica histórica
comparada de los pensamientos y filosofías europeas y latinoamericana.
Es justamente el carácter
"objetal" de ésta crítica el que nos parece
permite una nueva valoración del problema epistemológico
y, por ende, del papel de las ciencias humanas como crítica
social. No queremos sin embargo empezar el estudio de la obra de
Roig antes de advertir al lector en lo siguiente. Roig demuestra
frecuentemente un relativismo típico de la reacción
de la filosofía latinoamericana al positivismo comtiano muy
difundido en América Latina en el siglo XIX. No obstante
las afirmaciones de Roig, explícitas acerca de su orientación
estructuralista como de su posición materialista (10),
nos indujeron libremente a desarrollar y asentar nuestra propia
teoría epistemológica (11),
aunque esperamos sea lo más fiel posible a los planteamientos
de la rica obra del filósofo argentino.
II.- Arturo Andrés Roig y el problema epistemológico
Entre el positivismo (a menudo de
tendencia animista, "el símbolo no nace de la naturaleza
del objeto, sino que el objeto encarna un aspecto de la esencia
del símbolo" (12)) y
el "dudismo", respectivamente identificados por
Roig con las tendencias tradicionista y la teoría de la dependencia
en el campo del pensamiento latinoamericano (y aunque el mismo cae
a veces en un maniqueísmo rousseauniano, donde el latinoamericano,
conforme las teorías de José Vasconcelos, aparece
a manera de buen salvaje en oposición al malo europeo "civilizado"
(13)), se trata entonces de resolver
la relación dialéctica sujeto/objeto con el fin de
valorar los logros del método interpretativo dándole
su necesaria justificación epistemológica. Lo planteado
por Roig acerca de las dos tendencia del pensamiento latinoamericano
evidentemente hace referencia a Frantz Fanon para quien la definición
del sujeto pasa por la definición de la relación amo
- esclavo, la cual impone siempre la sumisión del colonizado,
ya sea que éste niegue o asuma su dependencia (sumisión
marcada por el recurso al "tribalismo").
La historia de la filosofía
antigua nos permite destacar dos momentos en el pensamiento humano:
el cosmológico y el antropológico. Así en Heráclito,
Parménides como en Platón (República,
VII, explicación de la alegoría de la caverna por
Sócrates) o en Aristóteles (Metafísica,
IV, "Hay una ciencia que contempla el ser en cuanto ser
"),
la ciencia aparece en su esencia como una búsqueda del origen
(divino) de las cosas. Descartes y sus sucesores siguieron el mismo
rumbo, como lo demuestra Roig (14).
Obviamente la mayoría de los
filósofos contemporáneos en sus intentos de definir
la filosofía, al no querer asumir una posición científica,
se integran a esta gran tradición subjetivista y ontológica
neokantiana que Roig critica por ser reveladora de un "apriorismo
antropológico" (15).
Dos tendencias se pueden percibir: los filósofos que simplemente
afirman la imposibilidad de definir la filosofía: Jacques
Derrida (16), Dilthey (17),
Antonio González, John Hospers (18),
José Manzana, Marc Sautet,
Y los filósofos
que justifican la imposibilidad de definir la filosofía basándose
en la teoría de la filosofía espontánea de
Gramsci (las "ideas innatas" de Descartes): Georges
Bataille (19), L. Korshunova y G. Kirilenko
(20), Simonne Nicolas (21),
Salomon Rahaim Manriquez (22), Michele
F. Sciacca (23)
La filosofía
así confundida con el pensamiento en general se vuelve simple
atributo divino del hombre como el lenguaje, que lo distingue del
animal. Por eso en Bataille, Caso, Descartes, González, Hegel,
Heidegger, Husserl, Manzana, Sautet,
la filosofía
no logra ser claramente disociada de la religión. Sin embargo
no toda persona que escribe es escritor. La filosofía es
técnica y también ciencia. La ciencia proviene de
la experiencia; no implicamos ninguna dicotomía entre estos
dos términos. Si en el campo del arte se logra diferencia
al aficionado ("amateur") del profesional, no obstante
la dificultad que representa la definición de los limites
entre lo artístico y lo no artístico dentro de la
concepción contemporánea, dificultad acentuada por
lo que nos enfrentamos a un lenguaje - objeto, se debería
todavía con mucha mayor razón poder distinguir lo
científico de lo no científico en el campo metalinguístico,
ya que la diferencia entre los dos deviene aquí abismal.
Negando la teoría cartesiana,
y a partir de una crítica profunda a la ontología
de Hegel, que por otra parte, aunque Roig se oponga a las tesis
de la Escuela de Francfort (24), está
inspirada en Herbert Marcuse (25), considera
la vuelta en sí del espíritu, una vez que éste
se reconoció en el Otro, fuera de sí, como representativa
de la inscripción del ser en su contexto social y época,
relación entre la naturaleza - katá physei
- y el ordenamiento humano - katá nómo -, o
sea entre el ser y el "modo de ser de un hombre determinado,
en relación con sus modos de objetivización y afirmación
históricos" (26), Roig
(27) afirma la preexistencia de la Naturaleza
sobre el Ser. Siguiendo pues a Spinoza (aunque no lo cita explícitamente),
Roig define la emergencia de la conciencia para sí como la
actitud del espíritu al darse cuenta de la inadecuación
entre el deseo, que conmueve todo lo existente, y su propia necesidad.
Podríamos decir que está implícita en Roig
una concepción social (que no se encuentra en Bertrand Russell
y los filósofos de Oxford) de la moral como búsqueda
de los usos más adecuados.
Vemos así que la fuerza de
su teoría es de sacar el problema epistemológico del
plano de la mera aprehensión individual. De hecho, lo que
Spinoza plantea al nivel ético, Roig lo precisa al nivel
de la ciencia. Como Jung, Roig considera que el individuo está
implicado por su medio.
La posición spinoziana de
Roig tiene directamente que ver con la oposición implícita
al positivismo que en él encontramos y es revelador del movimiento
de rechazo mucho más general de las implicaciones políticas
del positivismo de Barreda (28). La respuesta
al "barredanismo" es un idealismo, primero paso
hacia la filosofía de la liberación que integra Roig,
opuesto al pragmatismo positivista, aunque también de orientación
liberal y que se define por su marcado culturalismo (29).
Inspirado en Bergson, Husserl y Croce, es un idealismo que contempla
la cultura como elemento distinto de la naturaleza y la realidad
inmediata, pero que opuesto a la ley del mercado es capaz de revelarnos
la relación entre hombre y mundo dentro de una perspectiva
axiológica, la moral siendo el principal objetivo de la estética
según las tesis de Deústua. Tal concepción
de la cultura y la estética en particular evidencia la influencia
del pensamiento de Deústua sobre Roig, al mismo tiempo que
a nivel puramente historiográfico aclara la secuencia Spinoza
- Roig dentro del marco de la evolución del pensamiento y
la filosofía latinoamericana.
Si para Spinoza la Naturaleza preexiste
al Ser que busca en la ética como escapar al deseo (ver también
Hobbes, Schopenhauer o Nietzsche), para Roig la sociedad preexiste
al individuo que busca su liberación en una autovaloración,
tanto personal como colectiva. La búsqueda del "Tener"
permite al hombre reconocerse a sí mismo y de ser reconocido
por los demás, moral (acepción legal de la noción
de herencia) y económicamente (problema de clases, y en el
ámbito latinoamericano de la dependencia). Así Roig
traslada la problemática de Spinoza del cosmos de Naturaleza
al cosmos de Cultura.
De aquí también la
importancia dada por Roig a las manifestaciones del pensamiento
colectivo (literatura y mitos esencialmente) como reveladores de
una época y un lugar. El idealismo dentro del que se puede
integrar el pensamiento de Roig, reacción política
aunque también epistemológica al positivismo, no deja
de estar influenciado por él, tanto en su perspectiva liberal
como trascendental, pero en Roig especialmente se define como un
culturalismo, lo que como consecuencia del positivismo le permite
desarrollar tesis de orientación estructuralistas y digámoslos
de una vez materialistas. Sin embargo, como veremos, no se trata
de una nueva forma de machismo, no obstante los planteamientos a
primera vista contradictorios de la ponencia del Congreso de Morelia
(30) en los que existencialismo, marxismo,
freudismo, estructuralismo, y positivismo encuentran valoraciones
múltiplas, en cuanto son cuestionamientos acerca del ser,
validos porque revelan el nuevo interés por el hombre exterior
(social) y ya no por el hombre interior (ontológico), pero
a la vez caducos porque expresan una fe ciega en el poder explicativo
objetivo de la ciencia como presupuesto universal (crítica
doble a la técnica que se origina en Rodó, Ramos y
Schwartzmann, y al universalismo que por su parte viene de Vasconcelos,
Ortega y Gasset, Gaos, Nicol y Mayz Vallenilla). La dialéctica
interna en la obra de Roig entre positivismo e idealismo no le permite
resolver totalmente la contradicción que hay entre la posibilidad
de objetivización y la consideración de que todas
las manifestaciones del pensamiento colectivo ya citadas pero también
las que pretenden ser racionales (como la historia) son relatos.
Tal vez por eso a veces es sospechosa la visión de Roig que,
inmersa en una concepción neo-rousseauniana y de alguna manera
marxista básica, considera tales manifestaciones como reveladoras
en cuanto hechas por el pueblo, es decir, creadas por el "bon
sens" popular.
Sin embargo, Roig muestra muy bien
que si el individuo está implicado por su medio y época,
entonces su pensamiento depende de éstos. Así como
lo expusieron Chomsky o materialistas entre los cuales Büchner
fue uno de los primeros, el cerebro al igual que cualquier otro
órgano se conforma adaptándose al medio. Si comparamos
lo expuesto por Roig con el materialismo de Lenin, se evidencia
la concepción del primero.
De hecho, según Lenin, la
evolución del conocimiento humano se hace por etapas. No
es que la realidad cambie, sino que nuestra percepción del
mundo se metamorfosea cada vez que ocurre un descubrimiento.
La verdad objetiva no existe de manera
absoluta sino sólo en el marco de la organización
del mundo por la mente humana. El sistema euclidiano es válido,
no obstante Einstein tuvo que salir de este sistema para crear su
teoría, también válida. La verdad objetiva
no es subjetiva en cuanto a que no debe depender de nuestro propio
conocimiento. Se constituye como meta; por eso en el mismo tiempo
su existencia se concibe como punto de partida, así que lo
plantea Roig (31). Concepción
implícitamente marxista del "ascenso de lo abstracto
a lo concreto", que se origina en Hegel:
"Lo concreto es concreto por ser la síntesis de
muchas definiciones y, por consiguiente, la unidad de lo multiforme.
En el pensamiento se presenta por eso como proceso de síntesis,
como resultado y no como punto de partida, aunque efectivamente
es un punto de partida y, en virtud de ello, es también
punto de partida para la contemplación y la representación"
(32).
Esta doble condición de la
definición de la verdad objetiva permite según Lenin
lograr el progreso científico. Lenin considera que este se
define en el plano filosófico en dos nociones; el relativismo,
aunque no debe ser la base de la cientificidad (por la misma razón
que Roig critica la teoría de la dependencia, que no contempla
el sujeto como "receptor-creador"); y la relación
sujeto-objeto, es decir, la percepción que es al origen de
la relación del sujeto al objeto (o sea su mundo).
El problema es cómo definir
el proceso de alcance del objeto por el sujeto, de manera que no
sea meramente "impresionista" o bibliográfico,
y tampoco, como en el caso del concepto de América como utopía,
espejo o espejismo, inversión de la relación de subordinación
del objeto al sujeto, el segundo asumiendo esa vez (y no sólo
constata) la posición del primero.
Ya hemos apuntado la doble orientación
idealista y materialista de Roig. Excedería de mucho el marco
de nuestro estudio entrar en la discusión iniciada por Horacio
Cerutti Guldberg (33) acerca de "la
distinción
entre idealismo/materialismo clave fecunda
para la comprensión" de las distintas corrientes
de la filosofía de la liberación. Sin embargo nos
parece inadecuado, al menos al nivel de la comprensión de
los mecanismos en el pensamiento de Roig, reducirlo a un materialismo
opuesto radicalmente a las tesis en particular de Dussel, sabiendo
que los dos se presentaron juntos al Congreso de Filosofía
de Morelia y que varios de los planteamientos de Roig encuentran
su contraparte en los de Dussel. Por lo demás Roig nunca
negó la influencia de la teología de la liberación
sobre la filosofía de la liberación (34).
Aunque valiosa la crítica de la Cerutti a la filosofía
de la liberación parece una disputa méxico-argentina
entre escuelas, en la que el autor intenta restablecer el primer
lugar para el maestro Zea.
Aunque conscientes de las limitaciones
que ello implica, y no siendo nuestro propósito el de comprender
cabalmente la filosofía de la liberación y menos aún
la de cada uno de sus componentes, nos alejamos pues de la perspectiva
puramente ideológica para intentar abordar el pensamiento
de Roig y por ende el problema epistemológico que conlleva
en un primer tiempo de manera historiográfica y mecanicista,
ya que lograr desentrañar la lógica de los mecanismos
aparentemente contradictorios en el pensamiento de Roig nos permitirá,
o al menos eso creemos, ubicar más agudamente el problema
epistemológico dentro de la obligatoria relación sujeto/objeto.
Cerutti reconoce la influencia de
la teoría de la dependencia sobre la filosofía de
la liberación. De ahí el recurrente tema nacional
y de lucha de clases tanto en Dussel como en Ardiles o Roig. De
ahí también que al identificarse con el Otro, Dussel
asume una concepción del ser latinoamericano visto desde
Europa como lo apunta Cerutti (35). Y
así también lo hace Roig al asumir el concepto de
utopía como inherente al quehacer latinoamericano; pero eso
lo obvia Cerutti, al igual que el carácter marcadamente mesiánico
de tal posición. Roig y Dussel conciben una ruptura epistemológica
y no ontológica como respuesta al arquetipo, lo que sirve
de base del estudio antropológico del ser y quehacer latinoamericanos
(36). Ruptura que se basa entonces en
el estudio de la oposición civilización - barbarie
(Ardiles, Roig). La doble crítica al tradicionalismo y a
la teoría de la dependencia, o según la terminología
de Roig más exacta respectivamente al formalismo (filosofía
de índole europea ajena a los problemas reales del continente)
y al ontologismo (crítica a la teoría del "temple"
de Mayz Vallenilla que justifica "ontológicamente
nuestra dependencia" (37)) no
es del todo contradictoria con la analéctica de Dussel que
según Ardiles se va construyendo en contra de las formas
anteriores de crítica, a saber la que "desde atrás
vuelve atrás" y es "reaccionaria",
y la que "propia del "marxismo mecanicista"",
es "crítica dialéctica" "desde
dentro de la Totalidad" (38).
Curiosamente Cerutti critica utopía
y mesianismo en Dussel (39) pero no en
Roig. Tampoco parece percatarse de la comunidad de concepto entre
la filosofía desde el Otro propuesta por Dussel y la filosofía
de los Calibanes a la que Roig invirtiendo los términos de
Rodó pretende abrir el paso. Podemos entender que el mesianismo
de la filosofía de la liberación sea percibido por
Cerutti como nacionalista y argentino, mientras que la noción
de utopía nos devuelve a una tradición americana mucho
más amplia y compleja. Sin embargo no podemos compartir su
posición cuando se trata de obviar alegremente la crítica
hegeliana que implícita o explícitamente conlleva
la metafísica de Dussel en cuanto "filosofía
de la realidad" (40). De hecho
si Roig en parte se salva de la crítica de Cerutti por mencionar
oportunamente a Zea (41), no hay contrariamente
a lo que plantea el ecuatoriano diferencia entre la reducción
del concepto de filosofía al de ideología en Dussel
y la reducción del concepto de metalenguaje al de lenguaje
en Roig. Prueba de ello es la identificación por parte de
Roig entre filosofía e ideología (42).
En los dos casos nos encontramos frente a la cuestión de
la posibilidad de objetivización si no se reconoce más
que ideologías circunstanciales en los procesos reflexivos.
He ahí planteado el problema y creemos que es la historiografía
la que nos permitirá desentrañarlo.
Como Cerutti (43)
notaremos el tributo que rinde Roig al marxismo y al freudismo en
su ponencia leída durante el Coloquio de Morelia. Pero en
un primer momento preferimos relacionarlo con los filósofos
de la liberación y con el mismo Dussel. Basándose
en el tributo de Dussel a Hegel y Heidegger en la nota 1 de su ponencia,
leída también en ocasión del Coloquio de Morelia,
Cerutti (44) encuentra esta vez en Heidegger
los fundamentos idealistas y clasistas del pensamiento de Dussel.
Aceptando el augurio, nos gustaría sin embargo volver sobre
los dos elementos que según Cerutti son más representativos,
o al menos así lo entendemos, del heideggerianismo de Dussel.
Son los tres momentos del pensamiento argentino, y en particular
el último, metafísico, representado por la filosofía
de la liberación, por una parte; y la búsqueda en
la literatura latinoamericana de una nueva racionalidad, ya que
"Esta tarea sobre la literatura, al modo como Heidegger
propone examio r la filosofía griega vivenciada en la tragedia
clásica, deberá ser realizada teniendo muy en cuenta
que el "sujeto de la racionalidad es una cultura con un agente
social. La cultura surge paulatinamente"" (45).
Recordaremos que la obra de Roig
representa una crítica sistemática a Hegel, que le
permite desarrollar una reflexión acerca de la oposición
civilización-barbarie (que dentro del propio pensamiento
latinoamericano por su presencia le permite a su vez de reducir
éste a una serie de ideologías circunstanciales y
de clases), y lo lleva a estudiar las manifestaciones genuinas del
llamado pensamiento popular (al cual opone más o menos explícitamente
el pensamiento culto). En otras palabras en Roig como en Dussel
tenemos una antropología social, la cual afirma la imposibilidad
de racionalizar objetivamente los fenómenos del pensamiento,
o mejor dicho su racionalización posible sólo mediante
el estudio de la sociedad visto como diría Taine desde "la
raza, el medio y el momento". La "exterioridad"
del método analéctico tal como lo define Ardiles y
los tres momentos de la evolución del pensamiento latinoamericano
propuestas por Dussel nos devuelven entonces a la relación
entre positivismo y filosofía de la liberación planteado
al inicio de éste trabajo. En los dos casos, la teología
positivista y la metafísica de la liberación, se pretende
crear una ética antropológica con mira al futuro.
Su campo: lo real, el hombre: la sociedad. Su método: el
estudio de la sociedad como organismo viviente. Su meta: la utopía,
proveer y mejorar el futuro, una ética del progreso.
No estamos aquí planteando
una identidad total entre el pensamiento de Roig y el de Dussel
ni negando el valor dialéctico del trabajo de Cerutti. Pero
nos parece que entender el trasfondo positivista de los planteamientos
de la filosofía de la liberación favorece la comprensión
más o menos cabal de los mecanismos que llevan a Roig a proponer
una epistemología a la vez influenciada por el materialismo
y marxismo científico, pero distinta de estos. Para entenderlo
recurriremos ahora al tercer hito que Zea "considera principal
para el presente de la filosofía latinoamericana"
(46): José Gaos, y en particular
a su curso Historia de nuestra idea del mundo (47).
Es en el mundo de la construcción
nacional que para Comte el "estudio de los fenómenos,
en lugar de poder resultar en alguna manera absoluto, debe permanecer
siempre "relativo" a nuestra organización y nuestra
situación" (48). Este
estudio que pretende dar las bases de una moral y/o teología
y cuya meta es utópica se define a sí mismo como antropológico
y matemático. Sobre el carácter fenomenista del positivismo,
Gaos concluye (49):
"verdadero y universal "monismo naturalista".../
Este naturalismo tampoco necesitaría ser lógicamente,
con absoluto rigor, "materialista"; pero lo es de hecho
- de hecho que se comprende asimismo lógicamente: la evolución
de lo material a la vida y de ésta al hombre es filosóficamente
concebible, y efectivamente ideada por algunos - entre ellos el
mexicano Vasconcelos -, como consistente en la adición
de algo no reducible del todo a la materia con la vida y a ésta
con la psique humana; pero la misma tendencia monista impulsa,
a la ciencia misma, y a la filosofía positivista, a idear
la evolución como consistente meramente en la de la materia,
en grados de complicaciones, meramente, de la materia misma./
Y dadas las relaciones esenciales entre el materialismo y el mecanicismo,
delatada ya desde los orígenes de la ciencia moderna, nada
tan coherente con todo lo anterior como la persistencia del mecanicismo,
desde la ciencia física - Mecánica ondulatoria -
hasta la cibernética
".
Y es justamente en la lección
anterior, once, sobre "Corpúsculos y Ondas",
que Gaos expone lo que según él en las ciencias exactas
son corrientes que permiten entender los postulados positivistas:
la mecánica ondulatoria y el relativismo. Explica así
una citación de Husserl (50):
"Las proposiciones de la Física tienen por sujetos
los fenómenos físicos mismos, que son intuitivos,
sensibles, y por predicados, conceptos, formulables y formulados
matemáticamente, que ya no son sensibles, intuitivos. Estos
conceptos se toman por conceptos, no de los fenómenos de
que se predican, sino de entes y procesos no fenómenos,
causas de los fenómenos ynoe los que éstos, los
fenómenos, serían, recíprocamente, esto,
fenómenos, es decir, apariencias o signos de ellos. Pero
esto sería mitología, es decir, imaginación
de entes y procesos puramente ficticios, inexistentes fuera de
la imaginación o en realidad".
Así se explica, según
añade en la Lección doce (51):
"que el fenomenismo, el atenerse a los fenómenos,
es compatible con una interpretación de éstos idealista
"o" realista; de donde que los positivistas de inclinan
más a una u otra, aunque a todos ellos parece común
el idealismo empírico que hay en la doctrina de la subjetividad
de las cualidades sensibles, aceptada por la ciencia hasta la
más reciente, desde la física a la psicología,
y, consecuentemente, por todos los positivistas. Lo que también
parece común a todos es la oposición al idealismo
trascendental, incluso en la forma más moderada, la kantiana,
no se diga en una forma extrema, como la hegeliana".
Por todo ello, aunque sabiendo las
reservas de Roig (52) o de un Mariategui
(53) en cuanto al idealismo liberal de
Deústua nos parece válido referir la influencia probable
de la concepción estética (histórica y moral
como ya vimos) sobre el pensamiento del filósofo argentino.
Ello entendido dentro de la discusión positivista/antipositivista
en América Latina. Loitue nos permite reintroducir la cuestión
crucial de la relación sujeto-objeto dentro del marco de
una circunstancialidad ontológica (de índole neopositivista),
pero esta vez ya no en el plano ideológico (como lo hace
Cerutti) sino en el plano propiamente epistemológico, que
es el que nos interesa. Y vemos a través de los extractos
citados que esa circunstancialidad ontológica, tan importante
en Roig y por la filosofía de la liberación en general,
como vimos al estudiar el libro de Cerutti, es Gaos quien nos permite
destacarla claramente. Pero todavía se necesita un paso más.
Una vez comprendido el mecanismo,
tenemos que resolver el problema de la reducción epistemológica
del metalenguaje a un simple lenguaje, de la filosofía a
una ideología, ya que como se desprende de lo anterior no
se puede explicar en Roig como simple expresión idealista,
sino como una comprensión histórica del desarrollo
de la ciencia. Ese paso lo logramos justamente gracias a la Antropología
filosófica de Ernst Cassirer (54),
Cassirer proporcionándolo al conceptualizar su idea de la
disciplina histórica. Oponiéndose a Rickert, para
quien "La realidad empírica se convierte en naturaleza
si la consideramos respecto a lo universal (y) se convierte en historia
si la consideramos respecto a lo particular", y basándose
en Taine, autor positivista como vimos, Cassirer (55)
considera que al igual que las ciencias naturales la historia si
bien se resiente de la posición subjetiva del observador
(en este caso la ideología del historiador) tiene como meta
la búsqueda imparcial de la verdad sobre la base de una "concepción
ética de su labor
simpatía universal
.
ampli(o)
horizonte histórico
desprendido"
de los partidismos, y cita a Otto Rank como modelo de todo aquello
(56).
Lo que se puede resumir, como lo
expone Roig, por el juego:
"entre dos términos discursivos: el de la hipostasiación
de los universales, que parte del supuesto de una posible experiencia
definitiva y única, y el de la relativización nominalista
de este mundo axiológico, que oscurece toda experiencia
posible, dilema que se resuelve entonces dialógica y epistemológicamente
en "la materialidad del "a priori" histórico,
la de un sujeto que se reconoce y se afirma a partir de su connatural
diversidad social e histórica, pero que no se hunde en
ella, sino que justamente desde ella pretende alcanzar una mirada
universal" (57).
Cabe precisar que Roig se inspira en Emerson: noción de
historia como acto individual, "biografía",
quinta esencia de la mentalidad común a todos los hombres
porque "el pensamiento precede el acto" y "el
acto histórico preexistente en el pensamiento como las leyes"
(teoría neo-hegeliana como podemos apreciar); ubicación
del hombre en la Naturaleza identificada con Dios; concepción
del poeta como poseedor de las ideas nuevas o de una fuerte experiencia
que tiene que compartir con los demás; en fin idea que el
hombre debe liberarse haciendo y asumiendo sus elecciones individuales,
por medio de la cultura.
Pero reformulando esos conceptos en base a Spinoza, Fanon y el
materialismo, Roig salva su filosofía de todo transcendentalismo.
Como volveremos a ver su concepción de la Naturaleza es spinozana
y leninista. Para Roig la Naturaleza no es un ente eterno e inmutable
(metafísico), sino que según la palabra del mismo
Lenin ella "conoce una historia real". De ahí
que, trasladando la cuestión "postmoderna" de la
historia como relato (58) al problema
de la relación dialógica sujeto/objeto, Roig afirme
su posición estructuralista (y por ende materialista) al
plantear: 1 - que el hombre individual está implicado por
su contexto; y 2 - que por eso hay posibilidad de universalización
del conocimiento de sus necesidades y proceso de progreso. Así
lo afirmaron también los etnólogos desde el siglo
XVII. Pero el paso más que da Roig es evidenciar la existencia
de sistemas en el ámbito cultural, lo que desconocieron los
materialistas.
Mejor dicho, desarrollado en sociología y economía
a partir del modelo matemático de los sisl mas, el estructuralismo
que se inició primero en las ciencias exactas con Galileo
y la teoría cibernética, no tuvo expansión
en el campo humanístico para los marxistas fuera de una perspectiva
social del arte. De este modo el arte estaba implicado por su valor
para la sociedad. Considerando pues la adaptación al medio
y la contextualización cuyo ejemplo más destacado
y valioso es el de Parsons y su estudio de la adaptación
del modelo familiar nuclear a la sociedad industrial, los teóricos
marxistas y estructuralistas en general desconocieron la particularidad
del material cultural, ubicando erróneamente su valor social
post hoc ergo propter hoc (cosa sin causa). El material cultural
no es pura materia o hecho real. Más que implicado por una
realidad social directa, es producto mental y por ello idiosincrásico.
No responde a un valor de uso. Más bien, como lo reconocieron
Dumézil, Lévi-Strauss y la Escuela de Warburg, el
material cultural pone en evidencia de manera simbólica las
estructuras y creencias sociales.
Al dar tributo al marxismo pero también al freudismo, Roig
integra la posibilidad de explicar cabalmente los procesos intelectuales
tanto al nivel social como individual tal como lo precisaba Taine
en Filosofía del Arte, según recuerda Gaos
(59). En la última parte de su
libro Cerutti, basándose en los trabajos de Roig, Manuel
Ignasio Santos y en sus propios trabajos autoreferidos, reconoce
(60) al trabajo historiográfico
el valor de interrogar el estatus del filósofo y del filosofar
"vigía" epistemológicamente para
reconsiderar el "problema del "sujeto""
(61). Es precisamente este trabajo el
que según Cassirer (62) expuesto
por Taine (Cassirer cita como Gaos extractos de Filosofía
del Arte, y a menudo los dos se refieren a los mismos) "debe
estudiar las causas de las cosas (como la botánica) en lugar
de juzgar de su valor" (63),
lo que le permite encontrar al "hombre (in)visible"
que se esconde y se revela en los archivos (64).
Cabe precisar que Cerutti desconoce el valor estructuralista del
tal planteamiento, y más bien lo plantea como "antiestructuralista",
refiriéndose a Santos y Jacques Derrida (65),
lo que nos introduce de nuevo a la problemática de la "interpretación
de la interpretación" (66).
De donde la necesidad de destacar dos niveles de lenguaje, el lenguaje-objeto
y el metalenguaje (Russel), o como hace Roig integrar una oposición
complementaria y dialéctica entre la circunstancialidad del
discurso (la historia - "biografía" de Emerson,
o "autobiografía" de Thoreau -) y su pretensión
a la universalidad, sabiendo que ello no supone dicotomía
entre sujeto y objeto (Derrida, Cerutti), sino da cuenta del proceso
de desarrollo de la ciencia tal como expone Cassirer. Se trata entonces
del problema de la percepción, fundamento de todo conocimiento,
como reconoce el mismo Lenin.
Esta dialectización del proceso de conocimiento es menos
útil en las ciencias exactas o en economí c siendo
ésta relacionada con la matemática. Por ello Marx
y Engels pudieron rechazar simplemente el debate filosófico
sobre la inmanencia, mientras que ese debate es todavía fundamental
en las ciencias humanas, favoreciendo a menudo posiciones idealistas
y reaccionarias entre nosotros. Sin embargo el formalismo ruso,
una de las formas contemporáneas del "vitruvianismo"
(67) de la cual Roig logra salvarse contemplando
al igual que Cassirer el rol de la conciencia individual en el proceso
evolutivo de la historia y la cultura, revela los límites
del estructuralismo cuando éste traslada sencilla y llenamente
la adecuación más o menos completa del objeto a su
definición en las ciencias exactas al estudio del material
cultural. Una pintura, un texto, contrariamente a lo que pretenden
los lingüistas y los iconógrafos no se reduce a su forma
la que consecuentemente con el problema expuesto puede ser llamada
"estructura" (68). No
son puros productos, en el sentido clásico de la palabra
(y no obstante la etimología de la palabra "cultura"),
sino expresiones de la mentalidad de una época. Es decir,
ya siendo símbolos, sus detalles, organización y forma(s)
son mensaje. La crítica estructuralista al texto de Proudhon
en Miseria de la filosofía lo muestra muy bien, aunque
más que conceptualizarlo Marx parece haberlo intuido. Así
como lo notan Roig y Dussel al peligro del subjetivismo se adjunta
el del positivismo que reduce el material cultural a la exposición
y estudio de sus formas. La perspectiva estructuralista sólo
se entiende en las ciencias humanas cuando permite realmente revelar
el substrato cultural de y a través de la obra. Debe ser
interpretativa, universalizante, contextual, comparativa (entre
material del mismo tipo) y estudiosa de la relación del detalle
al conjunto (o sea la obra, por eso Barthes siempre prefirió
la lectura e interpretación lineales que permiten seguir
mejor la evolución del proceso narrativo).
"De hecho no hay para el hombre ni valores ni bienes
absolutos. Ya en el "Parménides" platónico
quedaron planteadas las dificultades que encierra una "ciencia
en sí de lo en sí", un saber de lo absoluto
por parte de un sujeto que, consciente de su relatividad, descubre
que sólo puede instalarse en una "ciencia en mí
de lo en mí". La carencia de una toma de conciencia
histórica llevó a Platón a considerar las
dos posiciones como aporéticas y, por tanto, a invalidar
en principio a ambas. Sin embargo, una ciencia entendida como
"saber en mí de lo en mí", no implica
necesariamente la negación de la trascendencia, sino el
único modo como lo trascendente se organiza para el hombre
y es organizado por él mismo./ La única vía
de rescatar en su justo peso la inevitable función sobre
la que se establece el discurso, que no conduzca a los riesgos
del ontologismo, ya sea mediante la absolutización del
valor o la absolutización y a la vez identificación
en tal sentido del valor y del bien, se encuentra en la afirmación
de la relatividad que señalan la segunda fórmula
de la que nos habla Platón, quien más allá
del platonismo - como sucede con todos los grandes pensadores
y los "ismos" que desde ellos se elaboran - dejó
sentadas las dificultades no tanto de la segunda tesis como de
la primera./ El discurso liberador sólo puede organizarse
sobre la comprensión relativa de valores y bienes, aun
cuando la conciencia espontánea tienda a considerar movida,
en ocasiones, por impulsos liberadores, la universalidad del valor
como manifestación de un modo de ser absoluto. Considerando
el problema desde el punto de vista de la empiricidad del sujeto,
sucede que no cabe sino afirmar un mismo peso ontológico
al valor y al bien, del mismo modo que sucede con el ser y el
tener. La tenencia, que es apropiación de bienes, hace
al ser concreto del hombre, que funda desde su propia empiricidad
su mundo axiológico./ El ponernos para nosotros mismos
como valiosos exige una toma de posición axiológica
fundada a partir de una empiricidad propia. El problema se juega
todo entero entre una propiedad y una impropiedad de aquel acto.
Para que lo primero sea posible, es necesario que la naturaleza
histórica del "a priori" antropológico
adquiera una determinada plenitud, hecho que sólo es posible
en la medida que la conciencia histórica adquiera el sentido
de una toma de conciencia, a lo que sólo se tiene acceso
dentro del marco de la vida social y por la vida social./ Ese
acto de posesión de conciencia se juega constantemente
ante una circunstancia concreta, en relación con la cual
se manifiesta como un juego de identidad y diferencia. La conciencia
histórica es, en efecto, una misma cosa con ese ejercicio
de identificación y diferenciación concomitantes.
Mas, las respuestas ante las diversas situaciones que vive el
sujeto son posibles en la medida en que éste organice su
propio desarrollo en cuanto experiencia. Esta, ya lo hemos dicho,
es ontológicamente posterior a la empiricidad que constituye
al sujeto en cuanto tal, como la historia en cuanto lo acaecido
o sucesión de experiencias, es del mismo modo necesariamente
posterior a la historicidad, raíz de toda posible toma
de conciencia histórica./ La organización de la
experiencia, su acrecentamiento, su mejoramiento, se encuentra
sometida a una permanente circunstancialidad, es decir, se presenta
siempre como relativa a un lugar y un tiempo, hecho que plantea
el problema de la naturaleza de las formas de temporalidad y de
espacialidad. Por otra parte, las respuestas dadas ante las diversas
circunstancias, son consecuencia y causa no sólo de la
identidad del sujeto, sino que son causa creadora de la circunstancia
misma. De ahí que no solamente se logra una identificación
por el acto de organización de la experiencia en relación
con una circunstancia, en el sentido de lo que me rodea o me es
externo, sino que en cuanto la experiencia modifica o transforma
la circunstancia, el sujeto alcanza su identidad por obra de la
circunstancia misma". (69)
Si tenemos por cierto que el conocimiento es proceso natural del
sujeto que trata de adecuar sus actos a sus necesidades, y que por
ello el proceso de conocimiento se desarrolla por etapas (lo que
utilizando una metáfora geológica nosotros, después
de Kagan y Kriskeva, llamaremos "capas"), por consiguiente
este proceso aparece como social, es decir, dependiente por una
parte de la necesidad del propio sujeto de integrarse - o dominar
- su medio (Spinoza, Darwin, Sartre, Roig), pero también
de todo el legado de los antepasados del sujeto, o sea de las respuestas
y conformaciones culturales que anteriores genética o propio
culturalmente a él lo predisponen. Se trata de prejuicios
o apriorismos en el sentido behaviourista del concepto (Freud, Jung,
Lacan, Lévi-Strauss, Roig,
). Por eso podemos decir
que "la conciencia es posterior al mundo" (70),
tal como lo plantearon Engels, Marx, y después de ellos existencialistas
como Sartre. Como "natura naturans" (Roig), el
ser obra entonces sobre su mundo, no sólo de manera predeterminada
sino también idiosincrásica. Sobre la base de estructuras
dadas, encuentra respuestas puntuales. Este planteamiento existencialista
(Sartre), tiene en Lenin y Roig una conceptualización epistemológica
según la cual todo saber es relativo. Ya vimos en qué
sentido. Así lo que Roig en referencia a Ortega y Gasset
llama "circunstancias" (valor relativo o prejuiciado
temporal y especialmente del discurso) no impide como lo expone
Lenin el progreso científico, puesto que no es el mundo que
cambia sino nuestro conocimiento que se desarrolla por "capas".
Lenin escribe (71):
"En la teoría del conocimiento, como en todos
los demás campos de la ciencia, es necesario razonar dialécticamente,
es decir, no suponer que nuestro conocimiento es acabado e invariable,
sino estudiar, en que forma de la ignorancia surge el conocimiento,
de que forma el conocimiento incompleto, impreciso, se transforma
en completo y más preciso".
Eso es muy importante. Si el mundo no cambia, es que no hay verdades
múltiplas, distintas. Que hayan posibilidades de aprehensión
del mundo diferentes según la época y el lugar, hasta
según el individuo, eso sí. No negamos diciendo esto
la realidad de la teoría de la evolución (o movimiento
de la naturaleza, según la terminología de Spinoza,
Engels y Roig). Decimos que si la ciencia tiene logros, es como
recuerda Lenin porque aplica de manera adecuada sus teorías
a la transformación de la realidad. De hecho como mostraron
los materialistas no hay imposibilidad para el sujeto de alcanzar
el conocimiento cabal del objeto, contrariamente a lo que plantea
la filosofía clásica.
No hay tampoco ningún problema dialéctico en el hecho
de valorar "a posteriori" los adelantos de la ciencia,
puesto que la comprobación es su único hito. (Cuando
Roig critica a Hegel y Aron, no es para negar que la ciencia tiene
que cuidarse del apriorismo, lo que repite sin cesar, sino para
oponerse por una parte a la concepción formalista de la ciencia
como mera acumulación, es decir privada de proyecto, y por
otra parte a la Nueva Crítica y su imposición de un
modelo de pensar, o sea que retomando el lenguaje impuesto, Roig
se propone aquí maldecir).
De manera más general la hermeneútica no puede ser
una mística, contrariamente a lo que afirman los formalistas
(72). Tenemos que oponer claramente,
al igual que los materialistas, dialéctica y metafísica.
Si como dijimos, la filosofía clásica se desarrolló
buscando la esencia ontológica de las cosas (Aristóteles,
Descartes, Kant, Hegel), por el doble hecho de no creer en otra
cosa que la comprobación y pensar que la existencia preexiste
a la esencia, los materialistas se apartaron del discurso religioso
tradicional, y pusieron en tela de juicio el problema del alcance
del conocimiento del objeto por parte del sujeto, en cuanto de que
el objeto no se define como trascendental sino como parte de lo
existente, que sea como dice Lenin conocido o no, real, desaparecido
o virtual. Si el mundo no cambia, pero que el conocimiento se desarrolla
por "capas", entonces la actividad idiosincrásica,
al menos en el campo de la ciencia, se aplica de manera crítica
(Lenin), es decir metalingüística (Roig). Hemos citado
el caso de Euclides y Einstein. Pero entre los numerosos ejemplos
que podríamos citar se destaca el de Descartes, sus seguidores
y sus oponentes. Ahora se trataría de definir el método
que emplea y debería de emplear tal actividad crítica
de la ciencia.
Evidentemente las cuatro reglas del Discurso del Método
son influenciadas por la tipología aristotélica y
judeocristiana medieval que siempre trató encontrar el Todo
(o Logos, es decir Dios) en la multiplicidad de sus manifestaciones.
Sin embargo la propuesta cartesiana de indagación favoreció
el desarrollo de las ciencias. Con éxito la utilizaron los
folcloristas de inicio del siglo XIX, Engels y Marx, la Escuela
de Warburg y los estructuralistas, estructuralistas y marxistas
en quienes Roig se inspiró a su vez. Por otra parte Descartes
- como Montaigne, los Enciclopedistas y hasta Engels, que reconocían
más abiertamente tal herencia al querer abarcar todos los
campos de la ciencia (lo que confiere también a Aristóteles,
Metafísica, IV, pasaje ya citado) fueron visiblemente
influenciados por los neoplatónicos, los cuales de alguna
manera permitieron a la hermenéutica trasladarse del mundo
clerical al mundo laico. Es decir, al suponer comparaciones el proceso
de indagación tiene en un primer tiempo que basarse en lo
que Roig llama "acumulación" (cuantificación
que implica por supuesto una clasificación, tal como lo aclara
la teoría de la ciencia marxista). Lo que permite a la actividad
crítica o "endogenación" propiamente
dicho de desarrollarse en un segundo tiempo (73).
Roig relaciona estos dos tiempos (que para él nunca están
totalmente separados (74)) con el mito
de Calibán en lo que respecta a la cuestión del alcance
de un discurso propio latinoamericano (75).
No es por casualidad si los folcloristas del siglo XIX como los
historiadores de finales del siglo XIX e inicios del siglo XX empezaron
por catalogar un numeroso material (mitos, obras de arte), para
poder en un segundo tiempo analizarlo de manera comparativa. El
material así registrado y reconocido permite dilucidar los
problemas de atribución y significación de los elementos
aislados o todavía no referenciados, tal como lo explicaron
Engels y Marx. En otras palabras la objetivización científica
no es producto de simples impresiones, y tampoco se logra como lo
pretenden Umberto Eco y sus seguidores sumando las impresiones del
conjunto de los sujetos. Diez mil subjetividades no permiten ni
una sola objetivización. La comprobación (o "principio
de verificación" conforme la terminología
marxista), también necesaria al ejercicio científico
en las ciencias humanas, se hace a partir de una muestra suficientemente
importante o representativa. Por ello más que identificar
como los marxistas (v. los trabajos de Kopnin) el hecho (o verdad)
científico con el juicio (o intuición en lo que al
proceso de conocimiento respecta) (76),
preferimos identificar el primer término con la demostración,
concepto que no niega el origen subjetivo de la pregunta científica
(la sospecha) puesto en evidencia por Engels y Roig, pero sin confundirlo
con una "ontologización de la dialéctica"
(77) como lo hicieron entre otros Descartes
y algunos seguidores de Engels. Pues la relación entre la
comparación - comprobación y la sospecha es explícita
en Engels (78). Se tiene que rechazar
cualquier tipo de evidencia (categoría que la filosofía
se encargó de justificar falsamente desde Descartes). Como
lo expresa Roig el apriorismo implica construcciones arbitrarias
y vanas búsquedas ontológicas. Es al contrario en
la actividad lógica que, por medio de la comprobación,
se logran deducciones que sí evidencian el sentido real de
las cosas. Así la hermenéutica no será sólo
un mero juego intelectual; y si bien es cierto que la meta del trabajo
interprueativo es encontrar un discurso detrás del discurso
dado, ya no se tratará más de una búsqueda
ontológica (como es el caso de la oposición aristotélica
entre mensaje exotérico, que todos pueden recibir, y mensaje
esotérico, reservado a los iniciados), sino de una aclaración
crítica del hecho cultural en cuanto revelador del pensamiento
social (lo que equivale a un intento de "reconstrucción
de la totalidad discursiva de la sociedad de su época"
(79)). Como escribe Roig (80):
"La alienación no es otra cosa, en uno de sus
aspectos, que el aceptar como propios, y renunciando a nuestra
autoafirmación, los principios sobre los cuales otro sujeto
histórico ha intentado universalizar su experiencia. Se
trata de un desconocimiento de la única vía mediante
la cual lo "sujetivo" y lo objetivo se integran en una
unidad superior: la afirmación del sujeto como valioso
para sí mismo, raíz de la organización de
su propio mundo de valores y de la tabla sobre la cual se jerarquiza
el mundo y resulta posible la experiencia./ Como es sabido, todo
esto se juega entre dos términos discursivos: el de la
hipostasiación de los universales, que parte del supuesto
de una posible experiencia definitiva y única, y el de
la relativización nominalista de ese mismo mundo axiológico,
que oscurece toda experiencia posible. Cuando José Martí
dejó fundada toda ontología, al afirmar que se debe
poner lo absoluto como relativo, venía a sostener la materialidad
del "a priori" histórico, su única raíz,
la de un sujeto que se reconoce y se afirma a partir de su connatural
diversidad social e histórica, pero que no se hunde en
ella, sino que justamente desde ella pretende alcanzar una mirada
universal. Materialidad de los valores que no sólo deriva
de la afirmación de una moral, llamémosle eudemonística
si se quiere, sino también de la historicidad de lo axiológico.
Carácter, este último, que surge del hecho de la
recreación permanente del " a priori" y, por
tanto, de su "aprioridad" relativa, mas también,
de la inescindible comunidad del bien y del valor.omTodo nuestro
mundo axiológico se organiza en relación con un
sistema de referentes a los que pretendemos aprehenderlos desde
principios no sólo universales, sino también absolutos,
y que integran, a su manera, ese mismo mundo referencial"
(81).
"Mirada universal" que al contrario de Roig niega
Fanon pensando que la búsqueda y el autoreconocimiento del
colonizado no pueden lograrse a través de la universalización
del concepto y tampoco en la esfera cultural, puesto que las dos
(noción de universalización del concepto y esfera
cultura), como lo plantea también muy claramente Roig, fueron
impuestos por el colonizador. Tomando en cuenta el aspecto marxista
de la teoría de Roig y considerando la oposición que
introduce entre "a priori ontológico" y
"a priori histórico", nos parece poder entender
el desacuerdo entre Roig y Fanon, cuya crítica hegeliana
de la relación amo-esclavo retoma Roig asumiéndola
plenamente, si se entiende la posición de Roig como una alternativa
a la vez al colectivismo comunista que niega el individuo, y al
ontologismo de la Escuela de Francfort y de Fanon, que al acentuar
el aspecto psicológico sigue validando en el caso de la Escuela
de Francfort modelos impuestos (82).
De cualquier manera los planteamientos de Roig en el extracto precedente
son lo que nos debe permitir de crear, según el autor:
"Un discurso que no sea simplemente un "antidiscurso",
es decir, que no sea "un discurso en lugar de", como
sería el segundo caso que hemos señalado, sino de
verdad un discurso que sea realmente otro y, en tal sentido, contrario,
habrá sin duda de reelaborar la estructura axiológica
sobre la base de dos principios fundamentales: el primero, que
la raíz de esa estructura sobre la cual intentamos ordenar
nuestra propia realidad, es la propia empiricidad, consciente
de sí misma en cuanto tal, es decir, de la diversidad desde
la cual enunciamos nuestro discurso; y el segundo, que con nuestra
palabra no hemos codificado para siempre, es decir, que el hombre
se encuentra ante una "natura naturans", que es lo que
le abre la posibilidad hacia una humanización. Y por cierto
que el motor, tanto del antidiscurso como del discurso contrario,
se encuentra en la experiencia de dependencia y dominación
y es por eso que ambos aparecen como "liberadores",
aún cuando sólo el segundo pueda ser considerado
propiamente como tal./ El problema de la constitución de
estas formas discursivas plantea, una vez más, el de la
naturaleza social de la circunstancia, como también el
de la necesidad de la superación de los circunstancialismos,
en cuanto han sido estructurados teóricamente sobre categorías
que conducen al desconocimiento de la noción de "instancia""
(83).
Este último término entendido como expresión:
"dentro de la polémica "socialista"
contra el psicologismo - como "hombre exterior"
/
intento de elaboración de discurso filosófico
rescate del sujeto del discurso dentro de los marcos de una comprensión
de su naturaleza social
/
La empiricidad del sujeto
no se reduce a la del propio grupo social, sino que ha de contar
con la de otros grupos, único modo de integrar dentro del
universo de los discursos referidos, una totalidad social"
(84).
En este caso "No es el hombre "interior", sino
el "hombre externo", el hombre como ser social y, consecuentemente,
la "sociabilidad ", lo que es objeto propio de una filosofía"
(85), cuyo "quehacer" "no
puede ser considerado sin su relación con procesos temporales
y locales
/
ineludible presencia de lo histórico
(que implica) comprender sintéticamente la estructura
social dentro de la que la filosofía es tan sólo un
momento" (86).
Se tiene que entender correctamente los últimos presupuestos
y los problemas que plantean. Obviamente es imposible pensar la
obra de Roig al margen de su posición latinoamericanista.
Como en toda la filosofía de la liberación y más
generalmente en toda la filosofía latinoamericana (veáse
Discurso desde la marginación y la barbarie de Zea),
el problema epistemológico se concibe desde el ser otro ("diversidad
desde la cual enunciamos nuestro discurso
. Posibilidad hacia
una humanización
. experiencia de dependencia y dominación").
Eso es lo que en Roig favorece el carácter "objetal"
el discurso, esa "connatural diversidad social e histórica"
del sujeto asumida conscientemente impone una perspectiva comparatista,
ya que "La empiricidad del sujeto
ha de contar con
la de otros grupos, único modo de integrargrentro del universo
de los discursos referidos, una totalidad social". De ahí
se desprende la crítica marxista al ontologismo ("a
priori ontológico", noción de "hombre
"interior"") y la elección positivista
del estudio sociológico (del "hombre "externo"")
para entender "sintéticamente la estructura social"
vía la comprensión cultural de su mentalidad (o ideología).
Por lo menos esta antropologización del discurso concibe,
ya que la plantea, la posibilidad de la comparación, pues
es el "mundo axiológico
referencial"
(o sea el mundo moral, cultura: ideológico) el que nos introduce
al problema "de la relativización nominalista de
ese mismo mundo axiológico". Lo que implica primero
la idea de que hasta en el mundo psicológico el individuo
obedece a lo que Deleuze llama campos de inmanencia, es decir, a
valores transpersonales (la Ley, el Padre) que siendo propios al
menos de un grupo social, cuando no de varios grupos sociales, permiten
entrar en el mundo interno del hombre y entenderlo comparándole
con el de otros hombres; y segundo la idea de que si "con
nuestra palabra no hemos codificado para siempre" necesitamos
de teorías unificadoras y metaciencias (87)
para "alcanzar una mirada universal" y no hundirse
en la diversidad connatural del sujeto, o sea en los partidismos,
contra los cuales nos advierte Cassirer.
Esta teoría del valor, concepción neopositivista
de la verdad como reducción matemática, nos coloca
ante el problema más general del juicio como primera forma,
según la tradición, de aprehensión lógica
del objeto en el proceso de conocimiento.
El problema de la reducción del metalenguaje a un simple
lenguaje, o lenguaje-objeto, conlleva en sí problemas de
orden tanto epistemológico como ideológico. Hemos
anteriormente relegado el problema ideológico en la obra
de Cerutti, ya que el estudio de las implicaciones no directamente
relacionadas con nuestro trabajo no era de por sí el objeto
de nuestra investigación. Ello no quiere decir que para entender
los planteamientos de Roig debemos obviar su carácter ideológico.
Más, en cuanto la cuestión axiológica se la
plantea el mismo autor, ésta deviene entonces para nosotros
objeto de investigación, es decir, parte integrante del problema
epistemológico. Sin embargo ya hemos dicho que la posición
de Roig no es idealista, o ontológica. Bien podríamos
referir para comprobarlo a la evidente influencia marxista en el
pensamiento de Roig y más generalmente de los filósofos
de la liberación. Sin embargo como también ya hemos
dicho y como lo apunta Cerutti la filosofía de la liberación
es un movimiento polifacético, y reducir el pensamiento de
Roig a un estricto marxismo - leninismo sería no sólo
serle infiel, sino también desconocer los mecanismos fundamentales
de su pensamiento.
Si para Lenin y Roig el pensamiento evoluciona por etapas, lo que
justifica un cierto relativismo, la cuestión de la verdad
objetiva que subyace encuentra soluciones, o por lo menos explicaciones,
más o menos distintas en estos dos autores. Donde Lenin identifica
el Bien, lo Justo y la Verdad, comprobables a posteriori por, en
y gracias a los cambios operados en el objeto por la intervención
del sujeto (Lenin ejemplifica su concepción de la verdad
objetiva a partir de las ciencias exactas), Roig contempla simplemente
en las ciencias humanas una pretensión a la universalidad,
sin cambio en el objeto pero movido por cambios ideológicos
en los puntos de vista (o de partida) del sujeto en función
de la época, el lugar y las necesidades consiguientes del
grupo al que pertenece dicho sujeto (en este caso el investigador).
Así concebido el contenido axiológico inmanente al
o propio del objeto según Roig encuentra su justificación
implícita en las necesidades del sujeto (o grupo social).
Como podemos apreciar en los extractos citados de nuestro autor
la filosofía aparece por consiguiente como un momento de
la conciencia y la evolución histórica, o para decirlo
en términos hegelianos como proyección del Ser, fuera
de sí, hacia la sociedad. Sin embargo tal concepción
en Roig se debe no a una concepción machista de los fenómenos
culturales, sino a la combinación de dos elementos: su posición
latinoamericanista, y la definición ambigua del concepto
de ideología en el marxismo - leninismo.
Pues, la insuficiencia para no decir la ausencia de definición
clara del concepto de superestructura en la teoría marxista
- leninista de la cultura (88) favorece
la confusión entre axiología (valor en sí del
objeto) e ideología (valor en sí del objeto para mí).
Así se explica por ejemplo la concepción ahistórica
de la relación Ser/Tener en Teoría
, cuando
al comparar Biblia y Popol Vuh Roig confunde ser en
sí y ser para mí, y oponiendo la concepción
europea a la americana niega de paso problemas tan fundamentales
como la cuestión de la resurrección de los cuerpos
en la teología cristiana o la llamada civilización
material de Occidente (a la cual los mismos europeos desde los años
1960 encontraron la contraparte en el mundo oriental). Más
todavía, es retomando tesis marxistas, es decir europeas,
que Roig niega al europeo la conciencia axiológica de la
relación no dicotómica entre Ser y Tener.
Lo anterior se aclara dentro del marco latinoamericanista del concepto
roigiano de ideología. La propuesta leninista de cambiar
el mundo gracias a la ciencia encuentra su contraparte en Roig a
través de la propuesta utópica y axiológica.
Afirmar el carácter circunstancial de todo discurso, es también
reafirmarse dentro de un discurso contrario, el cual no esconde
su obligatorio substrato ideológico. Se pone así en
duda el estatus ontológico de la conciencia filosófica
("cogito ergo sum"), devolviéndonos a la
etimología de lo que es el filosofar y por ende el ser filosófico,
el ser filósofo: amante de la sabiduría, pero no "sabio"
(sofista).
Sin embargo al nivel teórico esta posición, que se
asemeja al relativismo de la Nueva Crítica (puesto en tela
de juicio por el mismo Roig), conlleva un peligro: llenar el concepto
culturológico definiéndolo como estudio de las ideologías,
es decir de los hechos espirituales de la humanidad, para en un
segundo tiempo vaciarlo al reducir toda forma de discurso a un discurso
ideológico, o lenguaje - objeto. Es entonces de primer interés
cuestionar aquí la identificación leninista, pero
compartida por los teóricos capitalistas, entre el Bien,
lo Justo y la Verdad en ciencia. Contrariamente a lo planteado por
Roig, la Nueva Crítica, y anteriormente los neopositivistas
y Lenin, nos parece oportuno distinguir en las ciencias exactas
como en las ciencias humanas la ideología o como dice Platón
aspiración al Bien (que puede ser ahorrar energía)
y el cambio efectivo en el objeto verificable a posteriori en las
ciencias exactas, lo que correspondería a la demostrabilidad
o comprobabilidad de la interpretación del fenómeno
cultural en las ciencias humanas (el resultado real, práctico
del deseo de ahorrar energía fue así, en el campo
de las llamadas ciencias exactas: la bomba atómica). De ahí
cuestionaremos la confusión marxista entre ideología
entendida como sistema (revolucionario) global de interpretación
del mundo, e ideología entendida como falsa conciencia pequeña
burguesa. Lo que en el primer caso, al negar el carácter
parcial de la ideología (Mannheim) y basándonos en
las críticas de las filosofías africana y latinoamericana
al pensamiento europeo no es otra cosa que una forma de ontologismo.
Ortega y Gasset fue quien planteó de primero el problema
de la circunstancialidad (o perspectiva) de la actividad filosófica
y humana en general. Sin embargo tendríamos que diferenciar
claramente el material cultural, ideológico, de la ciencia,
que lográndolo o no por lo menos en los últimos siglos
siempre intentó objetivizarse trascendiendo así los
particularismos, y la circunstancialidad en su aspiración
a la universalidad, es decir, más precisamente todavía
a la universalidad (o universalización) de su mirada. Al
contrario, la cultura en sí es una representación
subjetiva (o ideológica) del mundo (Kant, Hegel).
De ahí nos preguntaremos cómo definir la cultura.
De nuevo tenemos que volvernos hacia la historiografía. A
diferencia de los marxistas los modernos diferenciaban la cultura
de la agricultura. Pues la época moderna, todavía
esencialmente rural, distinguía lo económico de lo
cultural. El mismo concepto de "cultura" (lo que
ayuda la naturaleza) supone o si se prefiere revela el carácter
superestructural de la cultura. La paz según los modernos
llevaba así a la ciudad tanto bienes materiales como espirituales,
propiciándole riqueza agrícola y florecimiento de
las artes. Al comprender en el sentido medieval todavía el
concepto de intelectualidad (89), los
modernos al igual que Herder más tarde definían la
ciudad "bien policée" respecto a su grado de desarrollo
moral. La cultura era entonces un concepto empleado por definir
las artes (técnicas-liberales) en su conjunto (hoy en día
tendríamos que adjuntarles nuevas formas de arte entonces
desconocidas, como el cinema, la fotografía y en general
las artes audiovisuales, así como la moda o la publicidad).
Las artes en sí se definían como lo implica lo anterior
por su técnica, su intencionalidad (concepto que para nosotros,
contemporáneos, tiene que ser reemplazado en el estudio por
ejemplo del arte prehistórico, de los niños o de los
locos por el del aporte instrumental para la comprensión
de la conciencia individual y colectiva que nos conllevan tales
tipos de artes no directamente intencionales). En esta perspectiva
se aclara el estatus particular del arte y la cultura. La sociedad
puede definirse como conjunto de individuos con intereses y metas
en común. Tal definición toma en cuenta la polimorfia
o ambivalencia del concepto de grupo. Así se puede hablar
de sociedad animal, civil, comercial, tribal, anónima,
En esta definición la sociedad puede ser entendida como grupo,
nación, federación
La civilización (o
ciudad "bien policée") sería entonces una
sociedad con cultura, o sea artefactos con fines estéticos
(veáse Aristóteles, Poética, o el concepto
de "intencionalidad" en Schapiro en lo que al arte
contemporáneo, abstracto, refiere). Así la cultura
no se puede definir fuera de lo humano, y ante todo de lo moral
- ideológico. O dicho de otra manera lo ideológico
es lo cultural. Obras que en esta clasificación tienen lo
que llamaremos una "fonction-charnière"
al igual que las artes no directamente intencionales en cuanto forma
original de la actividad artística es también el hecho
de contar, sea oralmente o por escrito; el diario es una de las
primeras formas de narración (veáse Madame de Sévigné
o la literatura erótica). El estatus del narrador profesional
en las sociedades primitivas como el grado moral de sus narraciones
permiten entender porque y como los mitos (Biblia,
)
se integran a este material cultural, reafirmando el carácter
ideológico de tales manifestaciones en el proceso de formación
axiológico y más precisamente ético del individuo.
Una vez definido el concepto de cultura-ideología, vemos
que tanto el interés comparativo moderno por el pensamiento
antiguo, como el proceso histórico (fama que logra o conserva
un autor de su vivo o después de muerto) y el progreso de
la ciencia (problema ya mencionado de las metateorías) ampliaron
concomitantemente el concepto de cultura no sólo a las obras
"de" la cultura, sino también "sobre"
la cultura.
Es entonces dentro de la dialéctica marxista y por ende
roigiana entre Lo universal y lo específico en la cultura
(90) que debemos entender el problema
ideológico, pero sin confundir a diferencia de Guadarrama
filosofía militantista y propuesta de definición y
estudio científico de la cultura. Reconociendo el lugar especial
de Roig como uno de los filósofos que mejor entendió
y estudió en sus distintas manifestaciones el problema epistemológico
de la cultura (como lo demuestra el consenso para la valoración
positiva de su obra de parte de filósofos tan diversos como
Cerutti, Guuadarrama o Serrano) y consciente del carácter
leninista de la noción de pretensión a la universalidad
en Roig, nos parece lícito comparar lo planteado por Roig
con la teoría neomarxista de Althusser. Para este último
toda problemática se elabora dentro de la historia desde
la perspectiva de una de las clases tomadas en la lucha social.
Por ello, rechazar la neutralidad política de la teoría
es para Althusser como para los marxistas o Roig tener conciencia
de la progresión dialéctica de la ciencia, de la subjetividad
a la objetividad, desde mí (y mis circunstancias) hacia lo
universal. Es entonces afirmar la objetividad científica
posible (Althusser).
El error de la teoría marxista, evidente en Guadarrama,
es pensar diacrónicamente (y no sincrónicamente) el
fenómeno cultural y su interpretación:
"
la cultura material no siempre se presenta como
algo espontáneo y directo a través de los fenómenos
de la vida cultural de una época dada, aunque siempre constituirá
el ingrediente sustancial que conformará el contenido de
la cultura espiritual. De ahí que ningún tipo de
actividad artística o creativa en la esfera de la vida
espiritual sea posible analizarla fuera del contexto del modo
de producción de bienes materiales ni al margen de los
intereses de determinadas clases sociales" (91).
El extracto citado revela dos errores consecutivos del primero:
la reducción de lo cultural a lo material y, como lo apunta
Althusser, la idea de que el ser social determina la conciencia.
Lo último, al negar el humanismo de la teoría de Marx,
hace que el problema de la ideología y su comprensión
queda como un "point aveugle" (Althusser) de la
teoría marxista-leninista. Lo que a su vez provoca la adhesión
religiosa de los marxistas a la esperanza de una comunión
final entre el ser y el devenir, la moral y la política,
el deseo y la realidad, el fin de la lucha de clases (objetivo comunista
verdadero) y el fin de las contradicciones (objetivo idealista).
De ahí que como lo plantea Althusser tanto entre los marxistas
como entre los idealistas "la moral commande l'histoire".
De hecho como escribe Joseph Gabel (92):
"Il est loisible d'admettre avec les wébériens
un primat méthodologique du présent: l'historien
choisit en fonction de ses critères actuels des questions
qu'il pose au passé. Parler du primat épistémologique
implique la possibilité d'une déformation "ex-post
facto" de la réalité historique en fonction
des exigences variables du présent".
Para lograr evitar tal ambigüedad Althusser como Roig propone
utilizar conjuntamente las teorías marxistas y psicológicas.
O sea estudiar la cultura como fenómeno social en una perspectiva
estructuralista y marxista, pero no exotérica. Rechazar el
mito ontológico del Nombre ("Racine est Racine"),
pero también el sociologismo de la cosa sin causa, defendido
contemporáneamente de manera muy notable por la crítica
de arte estadounidense Rosalind Krauss.
Así tomaría todo su valor el concepto de "instancia",
evocado por Deleuze en el plano psicoanalítico. Para entrar
en el "continente-historia" y distinguir moral
e historia se debe según Althusser distinguir entre ideología
(vida simbólica coherente para un grupo social determinado)
e ideología teórica. De tal manera que podemos reubicar
adecuadamente la división de Russell entre lenguaje-objeto
y metalenguaje tomando en cuenta que "las ideologías
discursivas se articulan con ideologías prácticas,
reales, concretas (en el sentido inmediato de estas palabras) que
como las económicas y las políticas, son fuerzas materiales
activas indispensables a toda sociedad posible" (93).
Lo que permite resolver la confusión entre valor en sí
y valor para mí, producto de una concepción diacrónica
exotérica.
La comparación entre Roig y Althusser adquiere además
nuevos matices al percatarse de que el francés como Sartre,
Zea o Roig, se preocupa por la cuestión de la negación
del estatus humano, en este caso el de los obreros.
No hay pues justificación alguna de la ideología
como sistema parcial, sino que consciente como lo expresa Roig de
nuestra circunstancialidad tratamos de objetivizarla por, en y a
través de la universalización del concepto (Lenin,
Cassirer). Una vez planteado lo anterior, nos queda por preguntarnos
cómo manejar los mecanismos del proceso de evolución
histórico - social de las ciencias humanas, con fin del estudio
comparativo de la evolución de la cultura a partir de un
conocimiento lo más amplio posible de los símbolos
y mitos universales y de su evolución en el pensamiento de
cada sociedad y época.
Al nivel de la teoría semiótica formalista (94),
reseñada por Jorge Benítez Barreto (95),
la posición roigiana se sustenta en la ciencia de los signos
considerada como: materialista (Eco: "las cosas existen
por cuenta propia"; Kristeva); historiográfica del
contenido ideológico (Eco: "bajo los procesos culturales
hay unos sistemas"; Barthes; Kristeva; María del
Carmen Boves Navez, en cuanto concibe como cuarta acepción
del término semiótica según refiere Benítez
Barreto los "intentos de una ciencia unificada, en cuanto
toma el lenguaje como manifestación genuina y sintética
de la cultura (Para este grupo: la semiótica estudia directamente
todos los códigos de comunicación bajo todos los puntos
de vista, y, naturalmente, así considerada es más
amplia que la lingüística)"); y por esa perspectiva
historiográfica del contenido ideológico de los signos
sociales, metateórica (Kristeva; Greimas: "oposición
natural/construido (o "artificial") (sustituida)
por la de semióticas científicas/ semióticas
no científicas"). Vemos pues como la posición
culturológica de Boves Naves que en Greimas y Eco conlleva
una oposición entre discursos naturales/artificiales (oposición
menos clara que en Althusser ya que como lo explícita Eco
en el extracto citado por Benítez Barreto sólo apunta
hacia la necesidad general "de fundamentar los parámetros
para la comprobación de los signos en categorías semióticas
y no en el recurso físico de las cosas, precisamente porque
es una ciencia de la cultura y de las convenciones sociales y no
de la naturaleza") pudo influir en Roig.
Esta influencia aparece más clara y cabalmente a partir
de lo anteriormente dicho citando a Kristeva: quien considera la
semiótica una:
"palanca que gu&ia |